Esa noche era la noche elegida, desde hacía mucho tiempo, tal vez desde el comienzo del tiempo.
Poco a poco fueron llegando, una a una, ubicándose en círculo alrededor del árbol que presidiría la ceremonia.
Ellas estaban ahí, con sus cantos, con sus cofias, con aquella sabiduría ancestral, heredada y aprendida.
La tierra, roja como la sangre del animal que sería sacrificado, seca y sedienta, aguardaba el milagro de la lluvia.
A medida que caía la noche y se hacía más tenue la escasa luz azulada del crepúsculo, las estrellas también fueron llegando, una a una.
Una a una, cada cual en su sitio, desde siempre, desde la eternidad.
Un sigiloso silencio fue apoderándose del lugar, hasta que el tiempo se hizo denso, casi visible.
Fue entonces cuando, desde las sombras, aparecieron las dos figuras: el hombre y el ángel, el enfermo y el curador. El ángel sostenía al hombre con firmeza y éste último se doblaba sobre sí mismo, retorciéndose de dolor. Él, bebería la sangre de la bestia, haciéndola suya. Esa sería su curación y su destino.. Retorciéndose por el vómito que estrangulaba sus entrañas bebió hasta la última gota del cáliz que el curador puso en sus labios.
Abandonó su resistencia, dejó de gritar y cayó sobre la tierra, roja y caliente.
Después de un tiempo interminable, en el que el infierno parecía prevalecer sobre las almas, se escuchó su llanto. Empezó siendo un gemido que se fue agudizando lentamente. Ellas comenzaron a cantar otra vez. El sacrificio había sido consumado. La bestia, asumida y transformada, pasó a ser parte de su sangre, de la sangre de todos. Aquel hombre había bebido su propia sombra y ahora, su lado más oscuro relampagueaba en sus ojos con la fuerza del instinto. El cielo se derramó sobre la tierra y ella lo recibió con júbilo. El tiempo, quedó suspendido en ese instante de éxtasis, en que el bien y el mal fueron uno.

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