miércoles, 5 de marzo de 2014

RESPIREMOS JUNTOS

Desde los tiempos más remotos, la respiración ha sido asociada con el aliento divino.  Algo hay de misterioso en ese sencillo acto que repetimos, consciente o inconscientemente, día y noche.  Si nos detenemos a observar por unos minutos   nuestra respiración, nos daremos cuenta que antes que nada es un ritmo, una dualidad. El aire que entra tiene que salir, transformado.  No hay opción para quedarse en alguno de los extremos. Este acto vital nos muestra la necesidad de integrar los dos opuestos si queremos mantener la vida.
   Es un ritmo que nos habla de dar y recibir, de tomar y entregar.
Al inspirar estamos recibiendo la vida misma, pero también algo más.  Y lo sabemos, cuando hablamos de un artista inspirado.  Al espirar estamos practicando el desapego, que se convierte en el máximo desapego al expirar, cuando tenemos que entregarlo todo por última vez.
   También hablamos de aspirar cuando nos referimos a desear con vehemencia, y decimos conspirar cuando estamos animados por el mismo anhelo y el mismo hálito.
   La palabra espíritu nos está llevando también a una realidad sutil, encarnada en nuestro cuerpo físico.
   Desde las antiguas tradiciones nos ha llegado esta simple enseñanza: "para aquietar la mente hay que observar y acompañar la respiración ". Y esta observación no se refiere a un conocimiento teórico sino a la pura experiencia. Observar es aquí, sentir, experimentar, percibir, y hacerse uno con la respiración.
   En la India se dice que cuando nacemos venimos con un número determinado de respiraciones de manera que cuanto más lentas y más graduadas sean éstas, más tiempo de vida vamos a tener.
   Y esa es la sencilla receta: respirar lento y profundo, conscientes de ese ritmo acoplado al ritmo universal. Sabiendo que esa respiración sucede sin que mi ego intervenga, y de esta manera  "respiro y soy respirado ". Y me conecto con los árboles y las plantas, que proveen el oxígeno necesario. Y me conecto con los vientos y el sol, que me aportan la energía de los iones negativos, para que mi respiración sea vivificante.
La respiración es el puente, conecta lo de afuera con lo de adentro, lo máximo con lo mínimo.  Influye directamente en nuestras células, en nuestros glóbulos rojos, modifica nuestro estado de ánimo y proporciona paz al alterado sistema neuro-hormonal.
   Lo sabemos: enseñar a respirar es enseñar a vivir.Podría ser un buen tema de práctica en las escuelas. Una materia de aplicación diaria y para toda la vida.  El que respira bien, pausadamente, se va centrando en otro nivel de conciencia y supera fácilmente el escalón de ansiedad y angustia en el que suele instalarnos esta cultura del apuro y el desequilibrio.
   Buda propone a la respiración como camino seguro hacia la Iluminación.  Se trata de un proceso físico-químico que va más allá y conecta con las emociones y con nuestra olvidada capacidad de ser. Tan simple como eso.
   Conspiremos entonces, parafraseando a Miguel Grimberg, contra el olvido de sí,  contra la alienación reinante.
   Sí, respiremos juntos! Y entraremos en un ritmo diferente, sintiendo que en cada respiración , tomando y entregando, recuperamos un poquito de ese álito divino que nos sostiene y vivifica.                      
MARITA RETES

No hay comentarios.:

Publicar un comentario